MARIA Y EL FRASCO DE ALABASTRO (Tomado del libro de Lucas 7:36-50)

Bañé los pies de Cristo con mis lágrimas y con un frasco de alabastro que estaba lleno de esencia.

Estaba sola en mi pieza. Me había sentado en mi cama, sintiéndome sucia, muy sucia. Todos me llamaban mujer de mala vida. Bueno, en realidad así era mi vida. y sabía que, a solo pasos de aquí estaba Jesús, el hombre puro y santo. (Esto va creciendo, en intención y tono de voz)... El profeta, el sanador, el Mesías de Dios. ¿Voy donde él?...me preguntaba, así no mas llegar y partir. ( Va creciendo, en intención)...No, no, parecía sencillo; pero no lo era. Los santos y los pecadores respiran el mismo aire, pero no bajo el mismo techo, pensaba. Además pensé que habría tanta gente, como Fariseos, Saduceos y Escribas. Todos ellos tratando de tocarlo en algún punto y gente enferma también, tu sabes pidiéndole sanidad milagrosa y gente, gente en general ávida de oír sus parábolas y enseñanzas. Y Entre tantos y tantos yo. Yo con mi frasco de perfume, en la mano; diciendo permiso, permiso, vengo a lavar los pies de Jesús por que sé, que soy pecadora, figúrate, ¿me aceptaría? y que pasa si no voy, ¿podría aguantar la carga de tanta culpa.?

Tomé el perfume, lo más preciado que tenía. No sólo por lo costoso que era, sino por que era lo único que podía ofrecerle.
Lo tomé y salí, salí... corriendo, por la puerta a la calle, no me detuve, no podía parar. Sabía que algo grande me esperaba. Y cuando llegue a la casa de Simón, donde él estaba, sentía que el corazón se me salía. No pude contener mis lágrimas, aunque todos me miraban porque tenia el pelo suelto que utilice para secarlo mientras le cubría de besos y con el perfume que había traído. Y en ese momento mis lágrimas encontraron sentido y mi llanto descanso, no había mejor lugar que los pies de Jesús para derramar mi alma.