PRIMERA ESCENA
Luis Alberto: De hecho, no me quedaban opciones. tuve que fondear el
paquete y tomar el avión a Brasil. uno no hace preguntas porque están
de más. te lo entregan y punto. tampoco das rienda a la imaginación,
eso es fatal. fatal para el pulso del corazón, la dilatación
de la pupila, las gotas en la frente y en las palmas. fatal.
SEGUNDA ESCENA
Se está celebrando la titulación de Luis Alberto. La obra
comienza con un brindis que hace su madre, Marcela. Están presentes
sus primos Daniel y Mercedes; el tío Carlos y la tía María;
amigos, compañeros, los abuelos... Raimundo es un personaje volátil,
muy emocional, no se mide.
Marcela:
Me gustaría... me gustaría... silencio, por favor,
me gustaría decir algunas palabras que...(espera un rato, la alegría
cesa). Antes de nada, les quiero dar las gracias por haber venido. Hoy
es un día muy especial para todos nosotros, sobre todo para mí.
Siento que hay un poco de sonrisa en los cuadros, de juego en os platos.
y los ornamentos, incluidos el sofá y la mesita del comedor, y
porque no también las paredes y las alfombras, todo, todo tiene
más color. Como cuando estaba Emilio, Emilio...
Abuelo Emilio: Siiií (está parado cerca del público,
apoyado en un bastón. Es el único de pie mirando el horizonte).
Marcela: no, no usted don Emilio: mi marido que en paz descanse. Tanto
que soñó este día Verte a ti, Luis Alberto, convertido
en un profesional. Me has regalado una felicidad-madre. Tu padre me lo
decía cuando eras chiquito y se te salían los dientes como
frutas maduras de la boca. Decía, oiga mi negra, tiene cara de
matemático, el pelo algo tieso, la cara de pregunta, una expresión
que no inspira simpatía ni ternura. Inspira confianza, tiene cara
de matemático. No pasará hambre. Será un ingeniero... ¡un
ingeniero! ¡Hagamos un brindis por el ingeniero!.
Todos: ¡Salud!
Marcela. ¡Salud!
Raimundo: Y yo... yo... yo también conocí a don Emilio.
Llegaba a la casa a la hora del té y nos encontraba a -Luis Emilio
y a mí- con la mermelada en la boca jugando vídeo. Me decía
que si quería ser alguien en la vida no me podía andar
riendo tanto como mi papá. Y que dejara de tanto jugar que era
el peor vicio. Y tenía razón. (Ahora se dirige a Luis Alberto)
Y a ti te planchaba las hojas de los libros para que pudiera estudiar
más y mejor. A veces llegaba el verano y él invocaba a
kung Fu, el pobre caminante, el matemático profesor particular
de alpargatas y mochila que tomaba el té con las dos manos.
Abuela consuelo: Jovencito, te recuerdo que estamos celebrando a Luis
Alberto. No pierdas el hilo. Quiero oír algo de mi siento regalón.
Abuelo Emilio: Es el único nieto que tenemos y si no escuchamos
algo pronto, puf (gesto incierto y rápido de manos).
Raimundo: (Actitud de desconcierto o relacionado a lo anterior) Lloré cuando
me fue mal la primero vez en la Prueba de Aptitud. Al año siguiente,
me fue buen y anduve por todos lados celebrando intoxicado... eh, de
pasión. ¡Así soy yo, pura emoción, derroche
de humanidad y...!
Abuela Consuelo: ¡Jovencito!
Abuelo Emilio: ¡Puf!
Raimundo: Tú, tú, tú Luis Alberto, fotocopia genética
del paterfamilias. Y te felicito por eso. En vez de pasear por varias
carreras como yo, entraste como cañón a ingeniería.
El campo de batalla espera tu impacto. ¡Deles con todo! ¡Arremete
con tu genio y tus planillas de cálculo! Los gráficos te
rinden pleitesía, nosotros también. Eres ciudadano de tus
libros. ¡EL mejor, el ideal! ¡Salud!.
Todos: ¡Salud al ciudadano ideal! ¡Salud , salud! (pasa un
rato de festejo y luego) ¡Que hable, que hable!.
Luis Alberto: Está bien. Agradezco los discursos. Me alegro que
hayan venido. No sé qué más decir al respecto (frase
desinflada, las que siguen también)... Sólo que me siento
bien. Cumplí. Eso. (Recupera volumen) Y, bueno, pasando a otro
tema, pienso que ahora es momento de darles una buena noticia (Pausa).
Soy gerente. Me acaban de contratar. La empresa es grande, hay espacio
para crecer. Segundo, empiezo el próximo mes, lo que me da un
tiempo para descansar porque tengo un cansancio que necesita descanso.
Porque el cansancio también se cansa de cansarnos. Y por último,
me va a tocar viajar, que es lo que quería; es una empresa transnacional.
Eso (se sienta).
Todos: (Reacciones de todos tipos, en general felices, excepto el tío
Carlos) Que bien te felicito...
Marcela: Cuéntenos más, cuéntenos cómo es
el edificio, si los pisos son como el agua de brillantes, si las ventanas
altas y cerca de las nubes. ¿Y los pájaros? ¿Se
posan en las ventanas y dejan caer sus “regalos” sobre esa
pequeña gente que transita abajo?
Luis Alberto: En realidad no me fijé.
Marcela: Entonces, no te pusiste los lentes para que no pensaran cosas
de ti.
Luis Alberto: Sí, los traía puesto. No me fijé.
En todo caso, no vi nubes, ni siquiera el azul del cielo. Sólo
edificios. Y las oficinas, bueno, pisos alfombrados. la recepción
no, mucho eco, pisos de mármol.
Todos: ¡De mármol! (excepto el tío Carlos)
Luis Alberto: Sí, de mármol (orgulloso).
Carola: La lluvia y el barro y los pies pesados, el compás triste ¿te
acuerdas, Tito? ¿Te acuerdas que el día es aveces una manta
negra y fría que nos cubre y pesa demasiado? No olvides los labios
marchitos y el pecho resquebrajado. El olor a maní confitado y
pobreza. Siempre fuiste muy humano. Por eso estoy aquí. Luis Alberto,
no te olvides de estas cosas. No seas una planta de invernadero, un trasplantado.
un pecho que sólo puede ofrecer al mundo una billetera saturada
de tarjetas de crédito. No busques asilo. No seas un exiliado,
un exiliado más. El auto grande de ruedas grandes con aire grande
es siempre una embajada de primer mundo con los brazos abiertos. El exilio
espera a los buenos ingenieros a la salida de sus lindas oficinas. No
cambies.
Luis Alberto: Sólo dije que era de mármol. Piso de mármol.
SE
APAGA LA LUZ. Todos salen, sólo queda el tío Carlos
y Luis Alberto.
TERCERA ESCENA
La señora Hortensia (nana) entra y sale retirando platos en silencio.
Tío Carlos: ¡Por la tumba de tu padre, de mis padres, por
la bandera y el himno nacional, por el chuncho y la foto autografiada
del Matador, por las divinas cazuelas de pollo de mi mujer, por los versos
del Pablo Neruda y la Gabriela Mistral y mis dos anillos de matrimonio
perdidos... no pondrás pie sobre mi casa! Morirás: ¡infeliz,
ingrato, cabro engreído! ¿Crees que ahora porque tienes
un miserable cartón eres alguien? Pues no, no eres más
humano que un sapo clo-clo. Si fueras humano, tendrías corazón
de humano que late a un compás de dos cuarto. Tendrías
memoria de todo lo que te he dado. Y llorarías por los dos ojos. ¿Recuerdas
en primer año, el computador con impresora –y- todas –las-
huifas? ¿Recuerdas los siete años que te di trabajo en
mi empresa, siempre adecuándome a tu horario? y te pagaba bien,
y te daba adelantos. Te daba y te daba y te daba, sanguijuela monetaria.
Luis Alberto: Lo sé, pero tengo otras expectativas, Soy joven
y quiero...
Tío Carlos: ¿Quién te dio el pie para la moto) ¡Y
no me vengas con que tienes dos pies! ¡ Yo te lo di! ¿Ah,
Ah? ¿Quién? ¡Yo! Quedé cojo para que no tuvieras
que perder tiempo tomando micros... ¿Te acuerdas o no?
Luis Alberto: Sí tío, recuerdo. Pero veo que tiene sus
dos pies intactos y... Y quiero insertarme en un ambiente profesional
más competitivo.
Tío Carlos: Si sólo yo, a tu edad, huera tenido la mitad
de los que te he dado desde que mi cuñado murió. La mitad,
uuuuh, sería otro el cantar... un canto luminoso en... ¡sol! ¡sol
mayor! Yo no pude terminar la universidad porque nadie me apoyó como
yo te he apoyado. ¡Sudor y sangre para tener mi empresa! Y no trabajé como
chino ni como negro ni como loco. Nunca me hice pasar por otra persona.
Siempre fui yo mismo. Trabajé como Carlos. ¡Y tú rechazas
lo más preciado de mi vida!
Luis Alberto: Tío, le repito, me ofrezco a ayudarlo en lo que
sea. Asesoría sin costo. De ahora en adelante, llámame
y cuando pueda, me haré el tiempo.
Tío Carlos: Tito, nadie puede hacerse el tiempo. El tiempo es
imposible de hacer. Tenemos que conformarnos con las 24 horas del día.
Si el tiempo se pudiera hacer, viviríamos días de mil horas
si no más. Sobrino, te tenía en la mira para hacer grandes
cosas. Algún día hacerte cargo. ¡Para qué trabajar
como duende cuando puedes ser dueño. mi hija es paisajista y habla
con las plantas más que conmigo. A nadie le interesa ni entiende
lo que hago. Me quedabas tú, el hijo de mi hermana. Ingrato, te
tenía en la mira para hacer grandes cosas... Algún día
hacerte cargo... (silencio) Ahora no existes. Por la tumba de tu padre,
de mis padres, por la bandera y el himno nacional...
Luis Alberto: (sincronía) El himno nacional...
Tío Carlos: No te quiero ver más. Atrévete a poner
pie sobre mi casa, infeliz
SE APAGA LA LUZ
CUARTA ESCENA
Señora Hortensia de pie, mamá Marcela sentada.
Mamá Marcela: Cuénteme algo Hortensia. hace días
que no dices nada.
Señora Hortensia: No digo nada porque usted no me escucha, porque
desde que Luis Alberto se tituló usted no hace más que
soñar y hablarme del futuro.
Mamá Marcela: Ah tienes razón. Será porque me siento
rejuvenecer. Sueño: es algo que dejé de practicar hace
mucho tiempo.
Señora Hortensia: El sueño, cuestión de práctica...
Mamá Marcela: El sueño, cuestión de despertar. Sueño
que pierdo la cuenta y que no importa. Que miro los números y
son tan sólo signos y que podrías ser corazoncitos o asteriscos,
da lo mismo. Sueño que mis dedos son tan sólo dedos y que
no están para sacar cuentas.
Señora Hortensia: ¿De qué números me habla
señora Marcela?
Mamá Marcela: Los números del califont y la ampolleta encendida,
del agua de la llave que corre. Vivir al justo. El cero, quedar en cero,
ras ras. Siempre calculando, corazón de calculadora. Por eso los
supermercados, las ferias, las tiendas y los lindos catálogos
de papel couché me hacen llorar números y rebajas y liquidaciones.
Señora Hortensia: Ya veo, vivir con lo poco y nada.
Mamá Marcela: Sí Hortensia, con el bozal en el alma. ¡Y
ahora tengo tantas ganas! ¡Por fin tengo ganas! ¿Como las
ganas que tienes tú de volver a tu pedazo de tierra y construirte
la casa!.
Señora Hortensia: Claro, el año que viene (si Dios quiere),
termino de ahorrar la plata para hacerme la casita. y va quedar a orillas
del lago y los vecinos son toditos parientes míos. es tierra de
mi familia.
Mamá Marcela: ¿Y cuántos años llevas juntando
plata?
Señora Hortensia: Quince. Pero aveces saco para el muelle, el
establo para los animales, el huertito... En verano cuando me voy de
vacaciones, siempre construyo algo. El año pasado, por ejemplo,
hicimos el redier, que el piso donde va mi casita.
Mamá Marcela: Pues, entonces, usted y yo estamos en lo mismo.
Estamos a un paso de ser felices...
Señora Hortensia: Yo ya soy feliz, señora. tengo fe en
Jesucristo, el Hijo de Dios. El me amó primero y dio su vida por
mi en la cruz para que yo pudiera ser hija de Dios. Le di mi vida y le
pedí perdón por mis pecados, y ahora vivo por y para él.
tengo la certeza que me espera una casa mucho mejor en el cielo.
Mamá Marcela: Hortensia, si el cuento de tu casa a orillas del
lago me lo has contado siete veces, la casa en el cielo me los has contado
cuatrocientas. Y no te cansas.
Señora Hortensia: No señora, nunca me canso.
SE APAGA LA LUZ
QUINTA ESCENA
Luis Alberto está sentado; detrás de él, con las
manos sobre sus hombros, está Daniel.
Primo Daniel: siento que es mi deber decírtelo.
Luis Alberto: Me queda un mes y sería razonable.
Primo Daniel: El juego, que es el peor vicio.
Luis Alberto: La fruta prohibida.
Primo Daniel: No. el casino, alegres mujeres, velocidad, drogas...nada
de frutas.
Luis Alberto: Me queda un mes y sería razonable. Reventarme.
SEXTA ESCENA
Luis
Alberto: De hecho, no me quedaban opciones. Tuve que fondear el paquete
y tomar
el avión a Brasil. Uno no hace preguntas porque
están de más. te lo entregan y punto. Tampoco das rienda
a la imaginación, eso es fatal. Fatal para el pulso del corazón,
la dilatación de la pupila, las gotas en la frente y en las palmas.
Fatal.
Primo Daniel: Te volviste loco, animal. Y te dije, Tito, no te metas
con esa gente. Te dan un peso, pero te piden la mano a cambio. Y tú,
muro, muro. te advertí pero no se puede razonar con un muro. Me
lavo las manos.
Tío Carlos: Yo te di la oportunidad de tu vida y no la tomaste.
te ofrecí lo mejor que tenía y me rechazaste. ¿Qué querías
que hiciera, infeliz? ¡Ingrato! oírte por teléfono
pedirme ayuda me daba asco. Y cuando lloraste, risa. En la cárcel,
miserable, donde perteneces. Yo me lavo las manos. Te di una oportunidad
y no era suficiente para ti. Pa´ que veai.
Mamá Marcela: ¿Cómo pudiste hacerme esto? si tu
padre, que en paz descanse, te viera... te diría... te miraría
y te diría...eres una vergüenza. Yo hice mi parte; te di
todo. ¿Qué más? ¿Pagarte la fianza? ¿De
dónde?
Señora Hortensia: (Sólo se da vuelta y lo mira con pasión
mientras se acerca y le toca un hombro)
SE APAGA LA LUZ
SEPTIMA ESCENA
Carola: la noticia llegó a los diarios. “Joven brillante,
puntaje nacional que egresó de ingeniería con honores,
era traficante” y bla-bla-blá. El operativo fue famoso;
el mayor en años. Apresaron a varios más y la cabecilla
y, bueno, está de más decir que todos salieron libres al
tiempito. Y al tiempito todos estaban viviendo sus vidas como siempre,
incluso Luis Alberto que aunque no alcanzó a trabajar en la empresa
con piso de mármol, se arregló con unos compañeros
y por ahí anda.
Raimundo: Todos excepto la Señora Hortensia. La señora
Hortensia que, en cuanto supo, hizo algunas llamadas al sur, llegó a
los pocos días al juzgado con un papelito que contenía
la suma del establo, el huerto, el muelle, el terreno a orillas del lago
y la casita que aún no existía. Sólo cuando vio
al joven Luis Alberto salir libre se le arregló la gotera que
tenía en el alma y lo abrazó y le preguntó si sentía
bien y si tenía hambre. Tanta felicidad sintió por Luis
Alberto que se olvidó de su casa a orillas del lago, de su porvenir,
de sus parientes, de haber vendido todo lo que tenía.
Carola: El que tenga oídos que oiga.
FIN
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