TEXTO
Roberto Allen: Señores, como ustedes ya saben, ASPE es una firma
líder en juegos de mesa. Llevamos más de 70 años en
el rubro, y durante 40 fuimos los primeros en Chile. Sin embargo, en estos últimos
años nuestras ventas han bajado debido a los juegos interactivos
de vídeo. Voy a revertir esta situación con un juego que
rompe con todo lo que hasta ahora se conoce en juegos de mesa. La idea
nació hace algunos años y la he estado puliendo desde entonces.
A grandes rasgos, mi objetivo es llevar el pensamiento del hombre contemporáneo
a un plano lúdico.
Pedro: Y esos (indica los papeles que trae), son los estudios que traes.
Roberto Allen: Sí.
Juan Eduardo: Vamos al meollo del asunto entonces.
Pedro: (Toma nota.) Repíteme lo último: Llevar el pensamiento...
del hombre...
Roberto Allen: Contemporáneo.
Pedro: Sí, contemporáneo... a un juego de mesa.
Roberto Allen: El concepto es simple. Quiero un juego que refleje cómo
piensa la mayoría de la gente. No quiero adentrarme ahora en los
estudios que traje. Léanlos después. Los gráficos
y las encuestas están al final, pero será mejor que empiecen
por ahí primero. Sirven de introducción. Sin embargo, este
libro escrito por Alan Bloom, “The Closing of the American Mind”,
de la editorial Simon & Schuster, tiene una oración que vale
la pena comentar. Trata el tema de la educación. Dice:
“Sólo hay una cosa de la cual un profesor puede estar
completamente seguro: casi todo estudiante que entra en la universidad
cree, o dice creer, que la verdad es relativa”.
¿A qué nos lleva esto? Se está forjando una determinada
mentalidad que ha logrado desligarse de un determinado estilo de vestir,
estética o tipo de música. Recuerden que la mayoría
de los “ismos”, o movimientos del siglo pasado –tradúzcase:
surrealismo, modernismo, minimalismo, jipismo, lo que sea- se distanciaban
del resto por algo que hacían. Este “ismo”, en cambio,
-el relativismo- se ha impregnado y propagado a tal punto que es la norma,
la fe de la mayoría. Puedes ser rico o pobre, del país
o de la cultura que sea, vestirte como sea, y pensar de manera relativista.
Juan Eduardo: La mayoría silenciosa.
Roberto Allen: La mayoría silenciosa de occidente.
Pedro: Terrible por un lado y fantástico por el otro. Siempre
he dicho que nadie tiene la verdad absoluta porque depende de la persona,
del tiempo histórico en que vive, del lugar. No obstante, si tus
estudios están en lo cierto, eso me convierte en uno de la masa.
Terrible. Y yo que había leído “La Rebelión
de las Masas” de José Ortega y Gasset y era enemigo número
uno de ellas. Pero me consuelo sabiendo que soy bastante “actual” después
de todo (los otros se ríen porque Pedro es mayor).
Roberto Allen: Sí, Pedro eres “actual”, pero esto
se viene arrastrando desde Darwin.
Juan Eduardo: Comparto contigo la fobia por la masa de Ortega y Gasset
por tratarse de gente que se deja llevar, que no tiene mayores aspiraciones
espirituales ni cuestionamientos existenciales, aunque, debo hacer notar
que aquí se trata de algo completamente distinto. El “relativismo” que
plantea don Ricardo es abierto, tolerante; una feliz respuesta a la intolerancia
resultado de la ignorancia que caracterizó a generaciones pasadas.
Sin ir más lejos, la Inquisición, las persecuciones políticas...
Roberto Allen: ¿No será, mas bien, una ausencia en vez
de una respuesta? Me explico. ¿Cómo te llamas?
Juan Eduardo: Juan Eduardo.
Roberto Allen: Juan Eduardo, dices que antes - “generaciones pasadas” son
tus palabras- la gente, debido a su estrechez de mente, se aferraba a
una creencia equis y le hacía la vida difícil al resto.
Juan Eduardo: No. No seamos tan tajantes; pero era la tónica.
Incluso en el mundo del arte. Recordemos al artista Dadá que quería
quemar el museo del Louvre. O las interrogaciones públicas a los
cineastas norteamericanos de la época de Charles Chaplin.
Roberto Allen: Una reacción a la intolerancia.
Juan Eduardo: Sí.
Roberto Allen: ¿No crees que podría tratarse también
de una ausencia de ideales?
Pedro: Ausencia o reacción... esas son las posibles causas. Me
interesan las consecuencias palpables y cómo traducirlo al juego
que planteas.
Juan Eduardo: Pedro, encuentro válida la pregunta de don Roberto.
No lo había visto desde ese ángulo. (Ahora se dirige a
Roberto) Porque, en el fondo, a lo que vas es la falta de convicción,
un vacío colectivo. Un especie de desencanto...
Pedro: El desencanto de la política.
Juan Eduardo: No erremos: desencanto es el nombre que le dan los políticos. ¡Sospecha
es el término adecuado!
Pedro: Es cierto, es algo que se da en mi círculo. El desencanto,
digo. La mayoría de mis sobrinos y sus amigos son apáticos
frente a las cosas que a nosotros nos hacía vibrar. Son incrédulos;
les da lo mismo trascender. No sé, puedo estar equivocado, pero
creo que les da lo mismo.
Juan Eduardo: Cito a Coco Legrand cuando digo que su única virtud
es saber fumar.
Pedro: Y tomar, agregaría yo.
Empleado/Secretaria: Disculpe. Comenzó a llover y predicen un
frente de mal tiempo. Posiblemente vaya a granizar más tarde.
Jaime se ofreció para dejarnos los autos en el estacionamiento
techado de Apoquindo.
Roberto Allen: No se preocupen por mí. Vine en taxi.
Pedro: Gracias, Francisco(a). Aquí están mis llaves.
Juan Eduardo: No, yo no confío en Jaime. Paso.
Pedro: Hombre, dale. ¿Qué puede hacerle a tu auto?
Juan Eduardo: ¿Has visto manejar a Jaime?
Pedro: No. Pero si no tiene auto el pobre...
Juan Eduardo: Por lo mismo. Gracias, Francisco(a) (se retira Francisco(a)
y esperan un rato).
Roberto Allen: Es posible que este vacío espiritual se deba a
una falla de los sistemas tradicionales de creencia. No eran lo suficientemente
convincentes, o una alternativa tan igualitaria como el comunismo, por
ejemplo, cayó gracias a la mezquindad humana, puntualmente, la
insensible cúpula de poder.
Pedro: Creo que el tema del colapso comunista en Europa es más
complejo que eso. Europa oriental porque ahí se dio principalmente-
nunca ha salido del medioevo. Y arrastra, por ende, una mentalidad feudal
difícil de borrar. El señor feudal, recordemos, estaba
impregnado de una cantidad rica de símbolos. Era un ser símbólico;
y los símbolos tenían credibilidad.
Roberto Allen: Concuerdo; pero China también era feudal hasta
que asumió Mao. Mira, estoy apuntando a otra cosa. Al vacío
que han dejado distintos sistemas de creencia. Estos sistemas han fallado.
Sin ir más lejos, ¿quién en Chile vota por un candidato
por el partido que lo apoya? Ahora, se vota por la persona, independiente
del partido. ¿Porqué? Porque los partidos nos han fallado,
desilusionado, dejado un vacío. A eso voy.
Juan Eduardo: Y el relativismo ha llenado ese vacío.
Roberto Allen: Pienso que sí. Y no ha sido impulsado por una determinada
persona, que es lo mejor. Lo más novedoso de todo esto. Ni por
un grupo, ni por un país. Simplemente, se fue dando. A los sistemas
en vías de extinción, se les asocia con Grecia, Roma, Revolución
Francesa, Marx, Rousseau, Smith, Locke y Hobbs, Marx, Nietzsche, Hitler,
mira, hasta el Che si quieres... La idea de que todo es relativo se fue
dando en silencio, de a poco (silencio, Pedro y Juan Eduardo se quedan
pensando).
Juan Eduardo: Jarabe de Palo: “Todo Depende”. Canción
que los hizo famosos.
Pedro: “Imagine” de John Lennon.
Juan Eduardo: Todos los caminos llegan a Roma.
Roberto Allen: El evolucionismo de Darwin. Que el hombre desciende de
un primate menos inteligente, literalmente con dos dedos de frente, y
muchísimo más peludo que nosotros.
Pedro: Un mono. Creo que todos hemos visto los dibujos. Pero aquí hay
una contradicción: el evolucionismo es otro “ismo”.
Sin embargo, no ha caducado. Ni siquiera está en vías de
desaparecer. Me da la sensación que cuenta con todo el apoyo y
credibilidad del mundo científico.
Juan Eduardo: Creo que hay ideas que duran un cierto tiempo y luego se
debilitan. El sistema monárquico, por ejemplo. Ahora hay monarquías
constitucionales. El comunismo da paso a una izquierda tipo PPD, más
capitalista, compatible con el sistema democrático de gobierno.
Roberto Allen: Yo lo veo de esta manera: si están vigentes es
porque son compatibles con el relativismo. Incluso, me atrevería
a decir que lo han cultivado. Insisto en Darwin: el hombre desciende,
como dices tú Pedro, del mono. Y antes era un anfibio. ¿Y
antes del anfibio?
Juan Eduardo: Una pequeña partícula de vida.
Roberto Allen: Que se formó por accidente. Detengámonos
a pensar en aquello por un momento. Se nos ha enseñado, sin darnos
otra opción, que somos el resultado de un accidente. Ahora vamos
a lo que tu decías anteriormente Pedro: ¿Cuáles
son las consecuencias prácticas, tangibles, de esa afirmación? ¿En
qué nos afecta?
Pedro: Mira, es compleja la pregunta. Creo que partiría por la
sensación que me provoca. No es positiva. Desesperanza quizás.
Que me digas que todo lo que viví, lo que veo, lo que me rodea
es un accidente... es fuerte... eh...
Juan Eduardo: ¿Qué propósito puede haber para seguir
viviendo? Si no hay propósito...
Pedro: No hay un sentido. Es azar. Francamente, no hay un sentido, una
dirección.
Juan Eduardo: ¡Es imposible! Tiene que haber un sentido. Mi lógica
me indica que esta evolución va en una dirección... es
decir, ya hay vida inteligente (y eso es mucho decir), una escala jerárquica
(en todo ámbito)... Todo eso no puede ser casualidad. Osea, corta
el leseo: ¿cuáles son las probabilidades que una molécula
termine convirtiéndose en la Greta Garbo?
Roberto Allen: Juan Eduardo, envía tus quejas a Darwin (humor).
No estamos para decidir si están bien o no. Sólo sabemos
que es una realidad que la mayoría cree; en occidente, por lo
menos. ¿Cuáles son, entonces, las consecuencias prácticas?
El desencanto. La ausencia de propósito, trascendencia, el relativismo
moral.
Pedro: A ver, a ver. ¿Cómo llegaste al relativismo moral?
Roberto Allen: El bien y el mal son valores relativos, transables. Tu
mismo lo dijiste anteriormente. Que dependen de la época, de la
sociedad... Que pueden cambiar. Que el bien y el mal son definiciones
subjetivas. Porque si no hay nada que exista por diseño, entonces
nosotros, criaturas accidentadas, que no sabemos porqué estamos
aquí ni porqué morimos, bueno, es simple: fabriquémonos
un cuento. Un cuento para consolarnos. Un cuento donde hay bien y mal;
buenos y malos. No importa si sea verdad o no. Lo idea es, como dicen
los jóvenes, “engrupirnos”.
Juan Eduardo: Nosotros somos los que creamos el cuento. Los narradores.
Nosotros, por lo mismo, podemos cambiar la narración. Ayer, por
asi decirlo, se dijo que el bien era esto; y hoy podemos decir que el
bien es esto otro. Nosotros somos los creadores.
Pedro: ¿Realmente podemos cambiar las reglas del juego?
Roberto Allen: Es cosa de leer libros de historia y buscar el capítulo
donde se trata el tema de los inicios del hombre homo-sapiens. Fíjate
que todos los historiadores modernos dicen que nosotros creamos a Dios.
Que el hombre es un creador de mitos y así fue cómo se
llegó a crear a Dios.
Pedro: Sabes, Roberto, yo no tengo problemas en aceptar eso. Crear a
Dios... Quizás exista, quizás no. Lo que rescato es que
hay muchas religiones, muchos dioses, y cada uno puede escoger el que
más le guste. Lo importante es ser bueno.
Roberto Allen: Pedro, despierta. ¿Qué importa ser bueno
si tu vida es un accidente? ¿Qué sentido ser bueno si no
existe el bien? ¿Me sigues?
Juan Eduardo: Vivir decentemente, a eso se refiere.
Roberto Allen: Aún no entienden. ¿Qué sentido tiene
esforzarse por vivir decentemente si la decencia es una invención
humana? Así como la inventaron, tu la puedes des-inventar.
Pedro: Reinventar.
Roberto Allen: Pero me entiendes (ahora cambia de tono y se dirige a
los dos para concluir). Lean este material y seguimos conversando después.
Lo importante es crear un juego que se adapte a esta forma de pensar.
Estúdienlo. Amigos, estamos en el umbral de una nueva época.
La masa cree que sólo cambia la moda y la tecnología. Estas
cifras prueban que un cambio mucho más sustancial está ocurriendo
aquí arriba (indica su cabeza).
Juan Eduardo: Interesante. Don Roberto, creo que la idea es novedosa.
Tanto así que, a mi juicio, sienta un precedente en nuestro medio.
Ahora, pasando al aspecto logístico: puede llevarnos algunos meses
elaborar el proyecto del juego de mesa.
Roberto Allen: Meses, no. Sería mucho. Como ves, la mayoría
del trabajo de investigación lo he hecho yo, el trabajo duro.
Sí deben leerlo, informarse; eso tomará una semana, dos...
En un mes estarán listos.
Juan Eduardo: Pedro, creo que nos tomará entre tres y cuatro meses.
Seamos realistas. Es un trabajo que tiene una fuerte carga filosófica.
Evidentemente, es una disciplina que merece mayor comprensión.
Roberto Allen: No dispongo de tiempo. Es lo que menos tengo. Nuestras
ventas, como dije anteriormente, han bajado. No me puedo dar ese lujo.
Pedro: (Mirando su reloj) No se preocupe don Roberto. Es un tema que
tiene solución. Sé que tienes que irte ahora, así que
no te retraso más. Cualquiera cosa te llamo. Te acompaño...
Roberto Allen: No te preocupes. Siéntate. Buenas tardes, caballeros,
y éxito.
(Sale Roberto Allen)
Juan Eduardo: Pedro, francamente, no entiendo lo que hiciste. Claramente
es un Quijote. Propone una idea... o sea, cómo te explico... ¿Pienso
positivo? Compleja. Qué quieres que te diga. Y tú lo tratas
como un proyecto cualquiera. Es imposible de hacer, a no ser que me asignes
a un par de personas más, y como no puedes ahora que estamos con
lo de los productos Campos Verdes y el showroom del hotel encima, voy
a necesitar más tiempo. Necesito más tiempo. Creo que lo
que pido es razonable.
Pedro: Yo te voy a decir lo que es razonable: en este momento no podemos
perder un cliente. Tú lo sabes.
Juan Eduardo: Tendré que abandonar los otros proyectos, entonces.
Algo difícil a estas alturas del partido. Pero si no me ayudas
con personal idóneo, los dos estamos fritos.
Pedro: Ya. Sale de Campos Verdes, el showroom, pero quiero que estés
en las primeras reuniones del réclame de los cereales de chocolate
para tirar ideas. Y que te muevas con el jingle que habíamos acordado.
Juan Eduardo: Me muevo con el jingle si me das los fondos para contratar
a un compositor responsable, no como el último que me dejó pagando
dos veces.
Pedro: Si andan bien las platas, sí. Pero no estamos ahora en
igualdad de condiciones que hace dos años. Además, el irresponsable
del que me hablas nos entregó un temazo.
Juan Eduardo: Discutible.
Pedro: Contigo todo es discutible. Oye, escucha. Granizos. Comenzó a
granizar.
SEGUNDA ESCENA
Juan Eduardo está frente a su mesa de dibujo con la ampolleta
encendida y el resto a oscuras. Tiene algo desordenado: el pelo, la corbata,
la camisa o los anteojos. Está frustrado y concentrado. No dice
nada. Toma algunas hojas y las da vuelta.
Personajes:
Juan Eduardo Oteíza; musas Uno y Dos; vendedor atlético.
Juan
Eduardo: ¡Un mes dedicado a este juego y no he hecho nada!
Es decir, hice las láminas, los gráficos, buenos dibujos,
un acabado estudio de la tipografía y del efecto psicológico
de los colores que escogí; repasé varias veces mi presentación
en Power Point. Me tomé el tiempo y dura exactamente veinte minutos.
Pero no hice nada. Nada. No sirve. Es una presentación deshonesta,
inmoral, carece total y absolutamente de ética profesional. Es
un bluff, una mentira. Es un juego como cualquier otro; no es el juego
que… que…”capta el pensamiento contemporáneo”.
La gráfica es contemporánea; y tengo que agarrarlos por
ese lado; bombardearlos con imágenes, muchas. Y música.
Para que no digan que no me la pude. Puedo todo. Y si no, lo invento.
Pero este invento es mi derrota. Y la idea es defender mañana
mi proyecto hasta el cansancio. Para que no descubran mi derrota (Mira
su reloj, ordena papeles, puede tomar un sorbo de café, lo que
sea. Se da algunas vueltas, inquieto). No me vendría mal un momento
de inspiración fulminante, arrebatador, místico. Una experiencia
total con la fuente creativa, con las musas. No recuerdo la última
vez que me visitaron. ¿Fue para la campaña de los lápices
fosforescentes?
Musa Uno: ¿Tienes problemitas, Juan Eduardo?
Musa Dos: ¿Qué pasó con la confianza en ti mismo?
Musa Uno: ¿Oye, amiguito? Recuerda que tienes que creer en ti
mismo.
Juan Eduardo: Sí, sí sé. Pero este proyecto es demasiado
para mí.
Musa Dos: ¿Ah, sí, ah?
Juan Eduardo: Podría llamar a Pedro y contarle que… hay
algunas cosas que necesitan ser pulidas. Detalles. Atar cabos sueltos.
La presentación es el lunes y Pedro me puede ayudar. Quizás
a él se le ocurra.
Musa Uno: ¿Ah, sí, ah?
Juan Eduardo: Pero no puedo llamarlo ahora, son la una y media de la
mañana. ¿En qué estaba pensando? Además,
pedirle el día antes que me “dé una ayudita”,
se vería como un acto de desesperación. Favores a último
momento son mal mirados, especialmente por Pedro.
Musa Dos: Debes hacer algo; no te puedes quedar así de brazos
cruzados. Sería cobarde de tu parte.
Juan Eduardo: Cobarde no: presuntuoso. No aproveché la llamada
que me hizo hace una semana. Me creí capaz. Creí que me
la podía solo. Y llevarme todo el crédito. (Ahora imita
a Pedro:) Oye, Juan Eduardo ¿cómo va ese proyecto? (Ahora
se interpreta a sí mismo) Bien, Pedro… va, va. Sacando ideas
de aquí y de allá (Ahora imita a Pedro). Bien, así me
gusta. Sabes, hay un juego de mesa japonés, muy antiguo, no recuerdo
su nombre… se puede jugar hasta el infinito o, no sé, por
lo menos se puede jugar una partida por años. Averígualo;
interesante dato. Oye, voy a pasar algunos días entonces con mi
señora en el campo, así que te lo confío. El lunes
nos vemos un poco antes de la reunión con Roberto Allen. (Ahora
se interpreta a sí mismo) A las tres de la tarde, después
de almuerzo; bien, nos vemos (cuelga). Nos vemos y qué le digo.
Nada. Le muestro los dibujos; lo entretengo con los dibujos y los gráficos
y las encuestas.
Musa Dos: Oye, tú. Se te olvida algo. En todos estos años
que te hemos acompañado, hemos puesto nuestra fe en ti. Nosotras
hemos inspirado a muchos hombres menos talentosos que tú.
Musa Uno: Porque creemos en el Hombre.
Musa Dos: El Hombre lo puede todo.
Musa Uno: Si sólo le pone empeño.
Musa Dos: Claro, con empeño el Hombre llegó a la luna.
Musa Uno: Ahora va a Marte.
Musa Dos: Hay una nueva definición de Hombre.
Musa Uno: El Hombre manda.
Musa Dos: El Hombre se ha reorganizado al crear la “aldea global”.
Juan Eduardo: ¡Vayan al grano!
Musa Uno: Tú eres capaz de hacer lo que quieras.
Musa Dos: Puedes romper un poquito las reglas para lograrlo.
Musa Uno: Cuéntanos tu pesar, tu angustia.
Juan Eduardo: Me veo más bien enfrentado a un dilema ético.
Tengo que hacer un juego de mesa, como el Ludo, Monopolio, Escrúpulos,
Ajedrez, tu sabes: un cajoncito que abres y…¡pum! ¿Qué hay
en la cajita feliz? Una tabla que viene con piezas, figuritas, líneas
y aveces, algunas aveces, cartas y dados.
Musa Dos: (Algo infantil, de veras entusiasmada) Ay sí, y tiras
los dados y te sale un número y avanzas con tu figurita…
Musa Uno: Pero no siempre avanzas; aveces retrocedes y pierdes.
Musa Dos: Pero no, yo no quiero perder.
Musa Uno: Sí.
Musa Dos: ¡No!
Musa Uno: Sí.
Juan Eduardo: Ése es mi problema: el sí y el no. En este
juego que me han pedido hacer, no hay un sí, y no hay un no. No
se aplican los conceptos “bien”, “mal”, “perder”, “ganar”, “avanzar” y “retroceder” porque
según estos papeles, estos informes, estas cifras (va y toma el
montón de papeles que le dio Roberto Allen) vivimos en un mundo
relativo. El cliente pidió que le creáramos un juego que
reflejara el mundo de hoy: un juego actual, para gente actual. Es imposible.
De partida, no puede haber un tablero. Eso ya es una limitante, una regla
objetiva. Tienes que jugar dentro de sus límites. ¿Cómo
voy a hacer un juego si no se puede jugar?
Musas: No te preocupes, nosotras te vamos a inspirar. Descansa un rato,
prende la tele...
Juan Eduardo: ¿A esta hora? No.
Musas: Vamos...
Juan Eduardo: Parece que no me han entendido. Dije que mañana
voy a mentir por media hora frente a mis compañeros de trabajo,
Pedro y el cliente. Que me he estado preparando para mentirles bien.
Que no me gusta. Pero que no tengo otra alternativa. Que no tengo la
cara para hacerlo. Pero si me pillan, si no funciona, puedo perder mi
trabajo; y lo que es peor... mi credibilidad. Me van a tachar de mentiroso.
(Las musas prenden el televisor de todos modos)
Musa 1: ¿No tienes tevé cable? (Juan Eduardo no responde;
está sentado en su escritorio estudiando los papeles de Roberto,
como al principio de la escena)
Musa 2: A esta hora te tratan de vender productos raros. ¡Shame
Sha!
Musa 1: No encuentro que sean raros.
Musa 2: Míralos. El público se ve demasiado entusiasta.
Eso ya es raro. Y el producto es para hacer abdominales. ¿Quién
vibra tanto con los abdominales? ¡Por favor!
Juan Eduardo: ¡Silencio! ¿No ven que estoy tratando de estudiar?
(silencio tenso) ¿Porqué no se van? No las necesito.
Musa 1: Que denso... Mira, súbele el volumen, es... ¡es
Larry! (Juan Eduardo se da vuelta molesto y sigue estudiando)
Larry, el venededor atlético: Hola, yo soy Larry y me dispararon
6 veces en Vietnam. Estuve hospitalizado durante 3 años sin poder
mover las piernas ni el brazo izquierdo. ¿Quieren saber lo que
pensaba en esos 3 años? “Vas a ser campeón olímpico
de triatlón, Larry”. Y saben que en 1987 me lo gané.
Medalla de plata. Todo gracias a este SUPER ABDOMINI 1000 que yo mismo
ideé y fabriqué con mi brazo derecho. ¡Es realmente
milagroso! ¿Has pensado alguna vez: “no avanzo en la vida,
me propongo hacer cosas y retrocedo”? O, a lo mejor, ahora mismo
estás sentado en tu sofá pensando: voy a perderlo todo
si no le gano a las circunstancias. ¿Sientes que todo se te viene
encima, que estás en jaque mate? (Se sienta a hacer abdominales)
Haz lo que hice yo. Miren.
Juan Eduardo: ¿Lo oyeron? Jaque mate... en la vida se gana o se
pierde, se avanza o se retrocede. Jaque mate... ¿Entienden?
Musa 1: Si, Eduardo, pero la vida te la puedes jugar como tú quieras.
Juan Eduardo: (Visiblemente afectado por el comentario supérfluo,
espera un momento clavándole la mirada a la Musa) No puedo creer
lo que acabas de decir.
Musa 1: Créelo: la vida te la puedes jugar como tú quieras.
Juan Eduardo: (Con cierto sarcasmo) Fíjate que no. Primero porque
nadie juega con la vida. Ni siquiera los animales. Porque si, por ejemplo,
los ratones jugaran con su vida, no habría ratones porque los
gatos se los a comerían. Segundo, porque cuando la gente muere
o deja de vivir, se sufre, no se toma para la chacota como si fuera un
juego. Sí, aunque no lo creas. La vida tiene reglas básicas,
como ocurre en los juegos, pero no significa que la vida sea un juego.
Musa 2: Juan Eduardo, piensas diferente ahora. Antes no hablabas así.
Decías que el hombre forjaba su propio destino. Que el hombre
ponía las reglas.
Juan Eduardo: Debe ser por este juego. Pero no confundamos los términos:
aún creo que el hombre puede forjar su propio destino; eso es
una cosa. La otra es que debe de hacerlo dentro de un límite predeterminado.
Vengan, acérquense. Tú siéntate acá (las
dos quedan mirándose de frente). Si tú puedes inventar
las reglas, entonces tú también. Ahora jueguen este juego
de ajedrez.
Musa 1: Yo quiero hacer esto (mueve su peón de un extremo a otro).
Musa 2: Así no se juega.
Musa 1: Bueno, es mi versión.
Musa 2: ¿Ah sí, ah? ¡Me comí tu rey y gané!
Musa 1: (Mientras la otra se emociona, ella mira seria) Perdiste.
Musa 2: ¿Qué? Gané porque me comí tu rey.
Tú perdiste.
Musa 1: Esas son tus reglas, yo digo que el que se come el rey pierde
automáticamente. La que come la reina gana.
Juan Eduardo: ¿Vieron? Ahí está la prueba. En la
práctica, la vida no puede ser relativa.
Musas: (Al mismo tiempo, mirando a Juan Eduardo) Entonces, ¡juega
solo! (Se van y Juan Eduardo queda solo en el escenario.
FIN
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